miércoles, 13 de enero de 2010

21-06-2009


Amanece, por decirlo de alguna manera, un nuevo día en esta ciudad (son las 14h00). La noción del tiempo para dormir parece que nunca aterrizó por acá. Me levanto y para variar no sé qué hacer. Hoy es el día del Padre. Mi Padre, esa persona tan querida por mi pero no tanto en mi casa, muy criticado y resistido. Parece que soy el único que aprecio su forma de ser, siempre lo banqué por su forma particular de ver la vida, debe ser por el apego que tuve desde niño con él. Recuerdo cuando jugábamos damas chinas a los 7 años, o cuando quería dormir con él o salíamos a jugar fútbol con él y mis hermanos. O cuando íbamos al jutos al estadio (que fueron los días mas felices de mi vida). Fueron poquísimas veces, pero lo suficientemente significativas para hacer una fijación muy fuerte. Y lo del tango luego, fue la cereza sobre el pastel. Ahora, solo en esta habitación en Buenos Aires, y digo solo porque pese a estar acompañado me siento solo, me doy cuenta lo que tuvo que soportar mi viejo, las que tuvo que pelear por sacar adelante a cuatro hijos (óigase bien) con un sueldo de profesor. Y lo logró. Un gusto por la lectura y la escritura que nunca la impuso, pero la sugirió con su ejemplo. A él no le caben grandes calificativos y cualidades como los de una madre, pero sí los suficientes para ser un padre muy digno y querido. A la distancia viejo un abrazo, gigante para que recuerdes que tienes un hijo que se parece mucho a vos y que te quiere y te recuerda siempre.

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