El sueño de ayer fue bastante raro. Yo estaba huyendo en un barrio desierto, al estilo de las persecuciones de los nazis a los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Pero mis perseguidores no eran tan despiadados, me otorgan ciertas licencias. Por ejemplo, cuando me encontraban, podían dejarme en libertad si les consignaba un dulce.
Luego en otro lapsus onírico, conducía mi auto por una ciudad y me encontraba con gente conocida, a la que no simpatizaba muy bien cuando vivía en Quito. Luego hablaba con ellos, y me contestaban exactamente lo mismo que yo esperaba que me contesten. Maldita gente predecible, igual que en la realidad.
Cada vez que escribo en esta bitácora de sueños, ya no distingo si es la realidad la que estoy describiendo o si se trata de un sueño. Esta fusión de eventos deja ver una cosa: parte de mi vida es un sueño. Un sueño que a veces lo vivo. Pero la forma de recordar un evento real y un sueño es exactamente la misma. Se lo trae a colación con la misma desidia.
miércoles, 20 de enero de 2010
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