martes, 8 de julio de 2014

Don Nadie

Lo que define su rostro no son principalmente sus líneas de expresión sino los grotescos surcos debajo de las mejillas, tatuados como si se hubiesen hecho con un puñal. Cada uno de ellos símbolo de una batalla liberada, de una experiencia palpada, de una encrucijada sin salida. Arrugas. El resto: Nariz torcida, principios rectos, ortodoncia olvidad en el tiempo, moral incólume.

El bosque de hilos plateados que invaden su rostro de ninguna manera refleja vejez sino más bien constancia. La piel es un cuero curtido al sol, negruzca en las oquedades que albergan los ojos donde lo único que brilla con descaro son las pupilas. Ese es el orgullo de su rostro y también de su vida. 

Siempre brindó mucho pese a lo poco que tuvo. Nunca le negó una sonrisa nadie pero siempre le devolvieron repudio, quizás por su escasez de dientes. Sin embargo era un alma feliz.

La conformidad de su existencia se basó al tenor de: nada que quitar, nada que aumentar. Nunca antepuso sus prejuicios a su felicidad. Tampoco malgastó su vida odiando a la gente que lo aborrecía, sabía que esa ocupación era tan efímera como su subsistencia. Por eso nunca masticó bronca ni vivió remordido el alma: supo perdonar. Nació despojado de muchas cosas pero sobre todo de ego, así logro acercarse al alma de las personas. Tal vez este rostro sea el de Dios.

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