Extrañamente las piernas le rebosaban musculosas casi
rompiendo el pantalón. Una oleada le
rellenaba puñado a puñado su humanidad, se
movía sin voluntad nutriéndose de esa
energía. También el torso lucía
engrosado y no precisamente por el apego
a la cultura física sino más bien por esa fuerza misteriosa que le colmaba las entrañas con esa masa esponjosa, dándole
vida a los músculos erosionados. Los brazos permanecían colgados
como un par de serpentinas olvidadas. Abajo calzaba un par de zapatos muy desgastados.
Al fin y al cabo lo último que le
importaba era su aspecto.
Lo había perdido todo. Al menos logró rescatar una silla que lucía en
medio de su chocita de madera y cartones viejos, tan viejos como él y como las
chozas que improvisadamente habían poblado las veredas. Allí pasaba sentado
en medio de su escenario vistiendo un abrigo negro en su encorvada espalda, brindando un
trago de vez en cuando con cada persona que cruzaba por delante.
Su rostro era caricaturesco con las facciones grotescamente acentuadas y una tosca cabellera. La fascinación con el tiempo era lo que le
mantenía aún alerta, casi paranoico. Su vida avanzaba como las manecillas del reloj: interminable al contemplar los sesenta
pasos del segundero pero vertiginoso cuando
al menor descuido ya se han convertido
en quince minutos o en una hora. Su vida se estaba extinguiendo, siempre resignado
a una vida que no era la suya, la que le tocó vivir como si fuese la única
posible.
Sin embargo, afuera en la calle había ambiente de jolgorio. Se escuchaba repetidamente un auto detenerse,
un séquito de amantes suyas jugando a la seducción entre nubes de cigarrillo y
acto seguido el sonido metálico de una moneda en el fondo de una lata. Así fueron sus romances, la mala compañía era
mejor que estar solo.
Ya entrada la media noche el fervor subía y en un arranque
de histeria fue arrojado con violencia al medio de la calle, humillado y linchado en un acto
de liberación. Una chispa le prendió fuego consumiendo sus deseos, su odio, proyectos fracasados… pasiones bajas.
Un último estallido de luces y estruendo le arrancó la vida, cuando las lágrimas de la
gente abrazaron un deseo común que indultaba todos los fracasos. Era primero de enero y del monigote solo
quedaron sus cenizas.
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