miércoles, 4 de marzo de 2009

LA CUENCA

“Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje”. Henry Cartier-Bresson

Mirada contra el piso, pateando piedras y latas, salía de un trabajo acomodado pero decepcionado rotundamente de la sociedad y del dinero. La gente fashion y la atosigante micro sociedad de la oficina parecía haber acabado conmigo. Levante la cabeza y atrapado en las gradas de San Juan, solo tenía una opción, seguir subiendo las escaleras.

Ya solo con plata para el bus y con el ánimo camino al cementerio, metí la mano en el bolsillo y encontré un recorte de periódico que decía: “se necesita un arquitecto joven y sin experiencia”. A quién diablos se le ocurriría interesarse por un guambra profesional sin experiencia??... probablemente para hacer cagadas que cuestan mucha plata, eso seguro. Pero como estaba cerca y me gusto siempre caminar por esas empinadas calles seguí esa dirección. Llegue a la Cuenca: “El Balcón de la Cuenca”. Me asomé por una ventanita y vi todo un show de construcción, con decenas de personas empecinadas en sacar de la loma un edificio.

Como de construcción no sabía ni jota, yo siempre hasta ese momento sentado, calentando la silla en la dorada burocracia petrolera me dije: ahora es cuando. Me dí una vuelta por todo el proyecto. Se trataba de restaurar unas dos casas antiguas, tan antiguas que estaban inventariadas en el plano de Quito de 1854. A ese entonces era una guarida de pillos y adictos, casas abandonadas que nadie se atrevería a entrar.

El ingeniero que me contrato, muy amable me dijo: el trabajo es suyo. (seguro pensó: este gil no aguanta ni un mes!... o.. este me salió barato!...) pero de alguna forma encajaba justo en el perfil del anuncio. No quedo más que ponerme un par de botas y hacerme al dolor. Ya con el tiempo, aprendi con sudor y lagrimas el oficio. Lo interesante fue la amistad que trabe con el hijo del gerente, un tipo muy entrañable que siempre le recuerdo con aprecio, no tanto por el trabajo sino por otros gustos que compartimos. En ese pedazo altísimo de Quito, escuche por primera vez los acordes de una melodía nostálgica de un tal Piazzola, o la satisfactoria adicción a la música clásica, eso ayudado por las clases de francés que me impuse a mí mismo, como antídoto para sacarme la idiotez engendrada en mi último tiempo de oficinista.

Ese espacio de tiempo seguro estaba destinado para mí solo. Ahora cada día a la obra era sinónimo de enigma, enigmas por descubrir. Cruzaba un par de calles desde mi casa hasta el centro, subiendo por la loma (después de un tiempo me enteré que pase mil veces por un lugar escondido en el trayecto, pero a ese tema le voy a tratar después) y ahí estaba esa cosa inexplicable llamada “trabajo”.
Las rondas matutinas consistían en descubrir cada día un pedazo más de casa inhóspito, agreste, con ganas de volver a cobrar vida. Y pasado el mediodía, y entrada la tardecita solo se oían las campanadas de la catedral y el intermitente y desconcertante chillido de la madera seca de las casas viejas (seguro eran pasos de espíritus, cabreados de que les quiten su última morada) y luego el silencio total.

Ya cuando se marchaban todos, se podía subir al último piso y ver un panorama inigualable. El Panecillo y toda la estúpida vista del centro, un deleite para los ojos y para mi incipiente cámara de fotos. La emoción de ver salir de la nada una masa vigorosa de hormigón de las ruinas, la alegría de gente ajena que nos visitaba admirada de nuestro logro, era la mejor recompensa. Terminamos al fin. Luego de un tiempo, vi concursando a ese proyecto con unas fotografías increíbles en un certamen de arquitectura internacional.

La verdad no sé si ganó, o en qué habrá terminado; pero el premio ya lo había ganado yo. La gente que conocí, lo que viví, lo que me costó, creo que es más de lo que podria pedir un “joven y sin experiencia”.
Estoy convencido que cuando todo acabó, un pedazo de mí se quedo a vivir en ese lugar.
Siempre me falta siempre ese pedazo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Bien man! No conocia esa faceta bohemia y solidaria contigo mismo. Très bien mon ami...

Kléver Vásquez dijo...

el pasado está lleno de escombros; como la nostalgia o el centro histórico...
vamo ahí profeshor!!

Anónimo dijo...

MUY CHEVERE MARCELO, TUS EXPERIENCIAS MUY SIMPATICAS Y REFRESCANTES

SALUDOS

PATO

Anónimo dijo...

Hable serio profesor!!!

Esta bien que la tristeza de haber perdido un juicio, la final de la intercontinental, dos veces contra el quito por 3 a 0 y que se vaya el bauza, y ademas ser arquitecto de la centrral, no es para deprimirse y escribir versos que me hicieron llorar....!!!

Saludos y la vida continua compañero y por si acaso esta de llamarle al doc a ver si el viernes ya esta final, final, final de finales.